Conocimientos tradicionales sobre la naturaleza y el territorio
Los humedales en Quinamayó son ejes de vida, alimento y economía local —con especial significación de Guarinó y Carabalo—, y junto con los pozos y madreviejas naturales han constituido históricamente espacios fundamentales para el sustento, el equilibrio ecológico y la construcción de la identidad comunitaria. El documento de investigación del Banco Cultural de Saberes sintetiza esa relación: “El manejo y preservación de los humedales ha sido una de las prácticas más significativas dentro de la comunidad. Estos espacios, que proveen recursos alimenticios y fortalecen la economía local a través de la pesca artesanal, también han sido puntos de encuentro cultural” (Zapata Quiñones, 2025).
Estos ecosistemas acuáticos han garantizado la autosuficiencia alimentaria y la dinamización de la economía local a través de la pesca artesanal, un saber transmitido de generación en generación mediante artes tradicionales como la atarraya, el anzuelo y redes sencillas. Hermes Viáfara, pescador artesanal de 78 años que ejerce el oficio desde los 10, representa bien ese vínculo con el agua. Con atarrayas hechas a mano, un proceso que puede tomar hasta un mes de trabajo constante, y con el conocimiento de los pozos, los pescadores han abastecido a las familias del corregimiento, y la comunidad se lo reconoce.
Convivencia, recreación y dimensión sociocultural del agua
Más allá de su función productiva y nutricional, los humedales y ríos actuaron durante décadas como centros de sociabilidad, esparcimiento y transmisión oral para el pueblo afrodescendiente de la zona plana de Jamundí. A sus orillas había jornadas comunitarias con juegos tradicionales, cantos y relatos, y era ahí donde los mayores enseñaban a los más jóvenes cómo comportarse en comunidad. El agua marcaba también la cotidianidad doméstica. Los aljibes comunitarios, como los de la fincas, surtían el agua de consumo con garazas y baldes, y el lavado de ropa se hacía a orillas del río Cauca.
Con el paso de los decenios, el equilibrio de los humedales y pozos pesqueros se ha visto seriamente amenazado por la expansión del monocultivo industrial de la caña de azúcar, la colmatación de los espejos de agua, la tala de árboles y los efectos del cambio climático. Frente al riesgo de secado y pérdida de estas fuentes hídricas, la comunidad y los propios pescadores han liderado acciones de resistencia, limpieza y gestión ante entidades públicas e ingenios azucareros para dragar y recuperar humedales como Guarinó y Carabalo.
La sabedora Cenide recuerda los trabajos colectivos: “el grupo de palenque que teníamos, fueron a la alcaldía, limpiaban la otra vez, por ejemplo, la Laguna y Carabalo. Eso era con apoyo de la alcaldía también” (Cenide, comunicación personal, 2026). Hermes Viáfara, por su parte, relata cómo los pescadores tocaron puertas para salvar los pozos ante el avance de la maquinaria: “los pozos están para desaparecer. Ya la recuperamos por un señor que anda por aquí que es de Chocó, llama Lozano. Nosotros fuimos a tocar puertas a los ingenios. Los ingenios nos ayudaron con la maquinaria. Yo personalmente yo estuve allá con él tocando puertas. Porque es que uno quiere que las cosas no se pierdan” (Viáfara, comunicación personal, 2026).
Para los mayores y sabedores, defender los humedales y enseñar la pesca artesanal es también una forma de proteger a la juventud: aprender a fabricar atarrayas y a trabajar en el agua mantiene a las nuevas generaciones ocupadas en prácticas sanas y las aleja de la drogadicción, la vagancia y las dinámicas de violencia urbana. Así lo plantea Hermes Viáfara: “Es muy triste que un pelado que aquí no ha nacido salga al viento y salga a la luz y no conozca que cosa es un pescado… Yo lo digo a la juventud y ahora yo le recomiendo que sigan el consejo de los mayores de allá. Para que ellos mismos no se pierdan. No se pierdan en la vagancia, no se pierdan en la droga… Sino que vivan su vida bien, que nadie los persiga” (Viáfara, comunicación personal, 2026).
Ciclos naturales en Quinamayó
La relación entre la comunidad de Quinamayó y su entorno natural se fundamenta en una lectura atenta del territorio, donde los saberes heredados de los antepasados han permitido interpretar el comportamiento de la tierra, el clima y los astros para garantizar la subsistencia y la producción agrícola. Estos conocimientos abarcan la observación de las fases lunares, la adaptación a las temporadas de verano e invierno y el manejo respetuoso de los cultivos.
Uno de los saberes agrícolas más arraigados en el corregimiento es la lectura de las fases de la luna: de ella depende el momento preciso para sembrar árboles frutales y para recolectar materiales. La sabedora Cenide lo explica desde la práctica: “Había que coger las, como decir, las pepas de naranjo, sembrarlas en una bolsita. Ellas nacían y luego se sembraban, pero siempre las personas buscaban la luna… a veces la luna está como dilgadita, delgadita. Así no se podía sembrar. Cuando ya estaba la luna como más redonda, más llena que decíamos, allí se sembraba y entonces ese árbol no crecía tanto” (Cenide, comunicación personal, 2026).
El jornalero Alexander confirma la misma regla y explica por qué funciona: “la gente por acá lo siembra en luna llena, en creciente… si uno la siembra con las lunas delgaditas se va muy alto el árbol y cae no carga… Está bien sembrado en buena luna, este naranjo que está aquí (señala) fue sembrado en creciente… Ellos se incorporan cuando están en la luna, así que yo les digo, se incorporan y cargan más” (Alex, comunicación personal, 2026). Sembrar en menguante o luna nueva hace que el árbol crezca en altura sin cargar fruto; en creciente o llena, el cultivo se incorpora bien a la tierra y ofrece una producción abundante. Además, este conocimiento del ciclo lunar se extiende a otras actividades de la vida rural, como la corta de la guadua, el corte de cabello o la recolección de plantas medicinales en el monte.
La lectura del clima guía igualmente el manejo de la tierra. En los períodos de verano fuerte y sequía, los campesinos protegen el follaje: en los cultivos de plátano no se deshoja, de modo que las hojas secas o maduras cubran la mata de la radiación directa y el racimo no se queme. Alexander lo explica así: “como está haciendo tanto verano, no se quita la hoja, esta es la protección para que el sol no lo dañe. Porque si usted le quita a todo eso, el sincho, todo eso, entonces el calor y todo eso lo daña. Entonces, por lo menos, utilizamos este método acá, no deshojar, en tiempos de verano” (Alex, comunicación personal, 2026).
En las fincas, para mitigar el impacto de las sequías, los trabajadores instalan sistemas de riego y mojado constante que preservan la humedad de la tierra y evitan la pérdida de los árboles.
Alexander y otros sabedores advierten que muchos agricultores ya no consultan las fases lunares ni las temporadas naturales, por el uso de químicos e insumos industriales y por la falta de interés de la juventud. Para Cenide “ahorita la gente no cree en la luna, pero antes sí, había que sembrar, escoger la luna para sembrar el árbol que fuera” (Cenide, comunicación personal, 2026). Los jornaleros experimentados, en cambio, sostienen que recuperar esas enseñanzas sigue siendo la forma más efectiva de mantener la calidad de la producción y la salud del suelo porque “prácticamente los viejos que sembraban la otra vez, ellos sí cogían su tipo de luna para sembrar. (…) prácticamente yo aprendí mucho de lo que hacían los viejos antes, está funcionando mucho ahorita” (Alex, 2026).
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