Eventos Religiosos Tradicionales de Carácter Colectivo en Quinamayó
Base común
En Quinamayó lo religioso nunca fue un asunto exclusivo de la iglesia. La Semana Santa, los velorios de adultos y los bundes funcionaron durante generaciones como el espacio donde el corregimiento se reunía, se acompañaba y se transmitía sus costumbres, sus cantos y sus historias. Los tres ritos compartían algunos rasgos:
- Participación integradora: todo el caserío y las familias vecinas se involucran en la preparación y en la vivencia del rito, no solo los directamente afectados.
- Centralidad de la oralidad y el canto: salves, rosarios cantados y cuentos los llevaban rezanderos y cantores locales, sin parlantes ni grabaciones.
- Extensión temporal: las velaciones y rituales se prolongaban toda la noche y parte del día siguiente, sostenidos por la solidaridad de vecinos que compartían comida y bebida con quienes acompañaban.
Con el tiempo, esa base común se ha ido transformando:
- El acompañamiento se acorta: de veladas completas hasta el amanecer se ha pasado a jornadas que terminan hacia la medianoche, dejando en ocasiones solos a los dolientes.
- Se pierden los rezanderos: al morir los mayores que sabían los rezos y las salves, el canto humano se ha ido reemplazando por música grabada en parlantes.
- Cambian los rituales infantiles: la reducción de la mortalidad infantil hizo que los bundes se volvieran cada vez menos frecuentes, y la modernización del corregimiento fue dejando en desuso prácticas como las estaciones caseras de Semana Santa.
Semana Santa
Décadas atrás la procesión de Semana Santa no se limitaba al contorno del templo: entraba a los callejones del corregimiento y se detenía en estaciones que organizaban las familias de cada cuadra. Cada estación pasaba por tres momentos:
- Preparación en los hogares: una o varias familias de la cuadra asumían voluntariamente una estación del recorrido.
- Decoración del altar: las familias vestían el antejardín o la fachada con sábanas e hilos bordados, flores del campo (como la flor de muerto y rosas), velas en palmatorias de lata y las estampas o efigies religiosas que guardaban en el altar de la casa.
- Pausa procesional y rezo colectivo: al llegar la procesión a la estación, la marcha se detenía y el rezandero o la rezandera de la cuadra dirigía la oración o salve, mientras los asistentes se arrodillaban en el camino.
Velorios
El velorio de un adulto en Quinamayó junta el duelo con la solidaridad del vecindario. Cuando alguien muere, los vecinos llegan sin que nadie los llame: ayudan con la logística, acompañan y preparan café o comida para quienes van llegando. Durante mucho tiempo fue también el lugar donde los mayores contaban historias de espantos y anécdotas del caserío mientras avanzaba la noche. Un habitante de la comunidad lo describe así:
Lo que pasa en la comunidad cuando una persona fallece es que los vecinos, amigos, se unen al dolor del doliente, ¿no? Y pues muchos lo ven llorando a uno, lloran ellos, los vecinos, los amigos lloran y son muy colaboradores con uno que le ayudan en una cosa y en otra. Son muy colaboradores. (Blanca, comunicación personal, 2026)
La invocación religiosa se hacía cantando, en salves que los asistentes entonaban a viva voz. Una de esas salves, conservada en la memoria de las matronas, entona: Corran, corran, alcancemos a Jesús sacramentado / que tan pronto que lleguemos ya lo habrán crucificado. (Canto Blanca, 2026). Esa dinámica ya cambió. Al faltar quienes sabían rezar, la música grabada fue tomando el lugar del canto, y el acompañamiento se acortó:
los que rezaban muchos han fallecido y pues también la traición que se ha perdido es que pues ya ahora hasta las 11, 10 (…) hasta las 10, 11 de la noche está la gente acompañándolo a uno y ya le toca a uno quedarse solo con su doliente. Y lo de la música. Y pues como no hay ya rezanderos hay que colocarles música. El que le gusta música se le coloca música. (Blanca, comunicación personal, 2026)
Bundes
El bunde es el rito con el que Quinamayó despide a un niño o una niña. A diferencia del velorio de un adulto, no se vive desde la tristeza sino desde la fiesta porque la creencia es que quien muere en la infancia lo hace sin pecado y sube directo al cielo como un angelito, así que hay que despedirlo cantando y bailando. Como lo resume María Dey, se trata de “enterrar el niño alegre porque el niño va sin pecado al cielo y hay que enterrarlo cantando, bailándolo con los jugueritos” (2026).
Uno de los elementos centrales es el canto del platanito: “era que se asaba un plátano y uno bailando al frente del cadáver del niño que moría y decía uno, ay mi platanito, mi platanito y todo el mundo le pasaba ese platanito” (Bunde, 2026). El plátano se asaba en el fogón y circulaba de mano en mano entre los presentes, mientras se repetía el mismo verso frente al cuerpo. Antes, cuando no había instrumentos, el ritmo se llevaba con tarros, tapas metálicas y rascadores —“la otra vez se cantaba con tapas, tarros y todo, pero y se decían copla, pero ahora ya no se dicen copla” (María Dey, 2026)—, y más adelante se sumaron las agrupaciones de jugueritos.
El relevo generacional ha ido cambiando el rito. Por un lado, el repertorio se debilita: “ahora la juventud no sabe la cosa el bunde” (María Dey, 2026). Por otro, los horarios se acortaron: “la otra vez los bundeaban toda la noche se asaba el platanito y se le cantaba y se le pasaba todo el mundo el platanito (…) y entonces ahora ya como se perdió esa tradición se está bundeando hasta las 12 y a las 12 que se acaba el bunde de los niños se sepulta” (Bunde, 2026).
A esto se suma la creencia del agua del socorro: un niño no puede enterrarse sin ese bautizo ritual, y si murió sin recibirlo la familia debe buscar a alguien mayor que lo administre simbólicamente antes del sepelio, porque de lo contrario se cree que su espíritu no descansa. En palabras de los testimonios recogidos, “cuando un niño muere sin agua el socorro el padre o la madre va a buscar quién le derrame a una persona mayor de edad quién le derrame el agua para no enterrarlo sin el agua de socorro” (Bunde, 2026).
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