Lenguas, lenguajes y tradición oral
Historia del corregimiento
La historia de Quinamayó empieza con la fuga. En los siglos XVII y XVIII, la cuenca sur del río Cauca funcionaba a punta de trabajo forzado: estancias ganaderas, fincas agrícolas y reales de minas de aluvión que servían a las élites de Popayán y Cali (Colmenares, 1975). El Archivo Central del Cauca guarda los registros de esas encomiendas y de las cuadrillas de esclavizados que trabajaban la minería y la tierra en lo que hoy es Quinamayó. Ahí también quedó anotado que, en 1734, un hombre llamado Pedro Gualimvio se fugó de las minas de la zona (Aristizábal, 2010; Colmenares, 1975). No fue el único, pero sí uno de los pocos nombres que el papel colonial alcanzó a registrar.
Cuando en 1851 se abolió formalmente la esclavitud en Colombia, el valle geográfico cambió (De Roux, 1983). En esta nueva realidad las familias que quedaron libres se fueron a buscar su propia tierra en las riberas del Cauca, del río Quinamayó y los zanjones cercanos (Aristizábal, 2010). Buena parte de la gente que pobló Quinamayó venía de haciendas del norte del Cauca, como la Hacienda Japio en Santander de Quilichao, y cruzó el río para instalarse del lado de Jamundí (Aristizábal, 2010; De Roux, 1983). Ahí armaron una economía propia, lejos del ojo del terrateniente y se constituyó la finca tradicional de cacao, plátano, frutales y pesca (De Roux, 1983) que los sabedores siguen describiendo hoy.
Antes de llamarse Quinamayó, el pueblo era conocido como Mallorquín. Así lo recuerda el sabedor Hermes Viáfara, quien también nombra a las familias que lo levantaron: “esto aquí lo fundaron los Viáfara […] Esto es aquí el pueblo de los Viáfara, los balantas y los Lucumí” (Viáfara, comunicación personal, 2025). Ese poblamiento no fue de un golpe, sino de a poco, familia por familia porque según él “cada familia fue llegando” y detalla que unas venían del Cauca, otras del lado de San Antonio y otras de Timba (Viáfara, comunicación personal, 2025).
Esas primeras familias son las que hoy se reconocen como las tradicionales del corregimiento, y su huella se lee en los apellidos que todavía predominan en Quinamayó: Viáfara, Carabalí, Lucumí, Lazo o Lasso, Rodríguez y Aponza. Los mismos apellidos reaparecen una y otra vez en la vida comunitaria y no solo en el poblamiento. Un ejemplo es. Como el sabedor José Arley Carabalí recuerda que la adoración al Niño Dios la empezaron “la señora Gregoria Viáfara, Cenón Rodríguez […] José Isabel Vivero”, y que entre las personas más veneradas en la fiesta estuvieron Gregoria y Trinidad Viáfara, además de Carmelins Rodríguez, “una de las gestoras […] la más gestora que ha habido en la fiesta” (Carabalí, comunicación personal, 2026).De ahí también nació la fiesta que define al pueblo, pero otros cuentan que más antes, durante la esclavización, a las cuadrillas afrodescendientes no se les permitía celebrar la Navidad el 24 y 25 de diciembre, esos días tenían que seguir sirviendo. El descanso les llegaba cuarenta días después, cuando coincidían el cierre de cosechas y la fiesta de la Candelaria, en febrero (Atencio Babilonia & Castellanos Córdoba, 1982; Portes de Roux, 1986). La comunidad tomó ese tiempo y construyó su propia Navidad, con un Niño Dios negro, cantos como las jugas y las loas, y un baile cuyos pasos agrícolas recuerdan tanto el trabajo forzado como la fuga —la juga viene de fuga (Aristizábal, 2010; Portes de Roux, 1986). Esa fiesta lleva más de 150 años de transmisión oral ininterrumpida (Ministerio de Cultura de Colombia, 2025), y hoy Holmes Larraondo, que la sigue cultivando, la explica sin adornos: “las oraciones al Niño Dios para mí tienen un significado muy grande… es una tradición que nuestros ancestros nos dejaron por más de 130 años y que hemos venido conservando hasta la actualidad” (Larraondo, 2026).
De ese Quinamayó campesino y fundacional al de hace pocas décadas hay un salto grande. José Neri Rodríguez Ramos o Tio Neri como le llaman de cariño, recuerda un pueblo que era puro monte “hasta donde yo tuve uso de razón, la mayoría era un monte. Había muchos guayabos y muchos cafetales… unas diez casas había en un tiempo… uno andaba y estaba en el oscuro, nos criamos en el oscuro” (Rodríguez Ramos, Comunicación personal, 2026). Máxima Viáfara recuerda que esas casas eran de bahareque y barro embutido: “la única casa que había era la de Guzméa y la de Millo, no había más casas… los cajones los botían con tierra, barro… la estructura ha cambiado bastante” (Viáfara, comunicación personal, 2026).
No había luz ni acueducto. El agua se sacaba de los aljibes a punta de balde o se iba a lavar a Cauca, y las noches se alumbraban con mechero. Esa oscuridad tenía sus propios habitantes: duendes de patas volteadas, brujas y el galope nocturno del espectro de Julio Alboréa. La energía eléctrica llegó a comienzos de los años ochenta y esas historias se fueron apagando junto con los mecheros. Tío Neri se lo pregunta todavía: “¿por qué será que ya casi no se ven? Pues ahora acá ya no se ven por la energía y por la mucha maldad también” (Rodríguez Ramos, 2026).
El territorio no solo se transformó con la llegada de la electricidad, también cambió por debajo de los pies. La finca tradicional, con su cacao, su plátano, su yuca y sus árboles como el seibo y el zamán, empezó a cederle terreno a la caña de azúcar, cuya expansión industrial fue cercando la producción campesina de todo el Valle del Cauca (Escobar & Pedrosa, 1996). Cenide Zapata lo dice con la preocupación de quien lleva años viendo avanzar el cultivo nos cuenta que “al paso que vamos… no vamos a durar mucho en cuanto a lo productivo aquí… miren la caña donde ya viene… y ese humo, pero entonces todo eso no es beneficioso ni para uno ni para los cultivos” (Cenide Zapata, comunicación personal, 2026).
El trabajo de la tierra tampoco es el mismo, y Alex duda de que el cambio haya sido para bien porque “la gente la otra vez echaba pala, no había guadañas, no echan veneno… era mejor. Porque ahorita con veneno y todo eso han acabado muchas cosas importantes que puede uno aprovechar” (Alex, comunicación personal, 2026).
Cambió el paisaje, cambió el trabajo y hasta se apagaron los mitos de la noche. La fiesta no. Los estudios antropohistóricos llaman a Quinamayó un territorio de memoria, donde la resistencia afrocolombiana pasa de una generación a otra (Aristizábal, 2010); eso es lo que se ve cada febrero, cuando el pueblo entero vuelve a cantarle al Niño Dios Negro.
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